Por Clara Bianchi | Psicóloga Clínica Fundadora de MindLink

Los viajes son extraños. Mucho antes de subir a un avión, el viaje ya empezó: el día en que comenzaste a imaginar otra vida posible.
Después llega el momento de hacer la maleta. Y hay algo profundamente simbólico en intentar resumir tu vida en menos de 23 kilos. Elegir qué llevar, qué dejar, qué objetos representan una parte de quién sos. Pero lo más difícil nunca entra en la valija: la gente que amás.
Entonces te vas. Entre abrazos, despedidas, miedo y entusiasmo. Con esa mezcla rara de sentir que estás perdiendo algo importante y, al mismo tiempo, descubriendo el mundo. Porque emigrar tiene mucho de eso: duelo y aventura conviviendo al mismo tiempo.
Al principio todo deslumbra. Las calles, los sonidos, la forma en que la gente habla, las pequeñas diferencias cotidianas. Cada lugar nuevo parece una posibilidad. Y mientras descubrís otros paisajes, también empezás a descubrir partes tuyas que no conocías.
Con el tiempo, aprendés a construir una nueva rutina, nuevos vínculos y nuevas formas de sentirte en casa. Pero hay algo que permanece intacto: las personas que quedaron lejos. Porque emigrar no significa dejar de pertenecer; significa aprender a pertenecer a más de un lugar al mismo tiempo.
Y ahí aparece una de las contradicciones más difíciles de explicar: podés amar profundamente tu nueva vida y, aun así, extrañar intensamente la anterior. No querer volver, pero desear desesperadamente poder aparecer un rato. Compartir un cumpleaños, un mate, una charla sin pantalla de por medio. Abrazar fuerte y después regresar a eso que también elegiste construir.
La tecnología acorta distancias, pero no reemplaza la presencia. Los abrazos no viajan por videollamada. Tampoco los silencios compartidos, las sobremesas o la sensación de estar cerca sin necesidad de decir nada.
Con el tiempo entendés que emigrar transforma la manera de vincularte, de recordar y hasta de habitar el tiempo. Tu presente empieza a transcurrir en un lugar distinto al de las personas que querés. Y aunque el afecto permanece, las vidas inevitablemente empiezan a avanzar en ritmos diferentes.
Quizás por eso quienes se van aprenden algo muy particular: se puede tener el corazón dividido sin estar rotos. Se puede construir un hogar nuevo sin dejar de extrañar el anterior.
Porque el día en que tu vida empezó a entrar en una valija de 23 kilos, también empezó una forma distinta de existir: con una parte tuya acá y otra, para siempre, en algún lugar lejos.
Y tal vez hablar de salud mental en migración también sea empezar a nombrar esto. Entender que no todo malestar es fracaso, que extrañar no significa arrepentirse y que sentirse entre dos lugares puede ser profundamente agotador. A veces, emigrar no duele por lo que salió mal, sino por todo lo que salió bien… lejos de las personas que uno ama.
Clara Bianchi es psicóloga clínica argentina radicada en Chile. Trabaja en modalidad online acompañando procesos vinculados a salud mental, migración y bienestar emocional.
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